miércoles, 31 de julio de 2013
Un fútbol ingenuo
Ya que hablé ayer de un autor checo, una obra histórica en ese idioma, que yo he leído en inglés, es The Chattertooth Eleven, de Eduard Bass. Se publicó en 1923 y una de sus singularidades es la de ser una novelita sobre fútbol aunque, por la ingenuidad de sus planteamientos, no creo que guste mucho a los aficionados actuales.
martes, 30 de julio de 2013
Simpática y amable
Cuando preparé la primera edición de Bienvenidos a la fiesta (libro) busqué las obras publicadas en castellano de los autores que habían recibido el Premio Andersen. Del checo Bohumil Riha no había (y no hay) casi nada. La única que recuerdo y que puse allí fue Doctor Ping, simpática y amable.
lunes, 29 de julio de 2013
Necesidad de seguridad
Otro álbum que no estaba aún puesto aquí pero que cito en Emociones en construcción, porque habla de la importancia que tiene para los niños sentirse seguros del afecto de sus padres: Siempre te querré, de Debi Gliori.
domingo, 28 de julio de 2013
¿Viajar para no llegar?
Dice Bauman: «La memorable sentencia de Robert Louis Stevenson: “Viajar con ilusión es mejor que llegar”, nunca ha sonado tan verdadera como ahora, en este líquido y fluido mundo moderno. Cuando los destinos cambian y aquellos que no lo hacen pierden sus encantos a más velocidad de la que la gente utiliza al caminar, los coches al correr o los aviones al volar, seguir en movimiento importa más que el destino. Evitar convertir en hábito cualquier cosa que se haga en cualquier momento o evitar atarse al legado del propio pasado, llevar la identidad actual como una camiseta que puede ser rápidamente reemplazada en el momento en que pasa de moda, despreciar las lecciones del pasado y desdeñar las aptitudes propias de otros tiempos y hacerlo sin ninguna inhibición o pena: todo ello se está convirtiendo en característica distintiva de las actuales políticas líquidas de la vida moderna, y en los atributos de la racionalidad líquida moderna. La cultura líquida moderna ya no siente que es una cultura de aprendizaje y acumulación, como las culturas registradas en los informes de “historiadores” y “etnógrafos”. A cambio, se nos aparece como “una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido»”.
Pero ni la sentencia de Stevenson ni la postura posmoderna que describe Bauman tiene mucha lógica, al menos según decía Chesterton y, antes todavía, según Samuel Johnson: «Quien dirige sus pasos hacia un determinado lugar, con frecuencia ha de levantar la mirada hacia el punto que se ha propuesto alcanzar; quien está sometido a penosas labores procura superar el desánimo imaginando su futura recompensa. En la agricultura, que es una de las ocupaciones más simples y necesarias, nadie se dedica a abrir surcos en la tierra como no sea pensando en la cosecha, la misma cosecha que las plagas pueden malograr, las inundaciones arrasar, o que la muerte y las calamidades pueden impedirle al labrador recoger».
Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Riccardo Mazzeo (On Education, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 151 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Dolores Payás Puignarnau; ISBN: 978-84-493-2811-4.
Samuel Johnson. «El futuro», artículo del 24 de marzo de 1750 en The Rambler, contenido en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.
Pero ni la sentencia de Stevenson ni la postura posmoderna que describe Bauman tiene mucha lógica, al menos según decía Chesterton y, antes todavía, según Samuel Johnson: «Quien dirige sus pasos hacia un determinado lugar, con frecuencia ha de levantar la mirada hacia el punto que se ha propuesto alcanzar; quien está sometido a penosas labores procura superar el desánimo imaginando su futura recompensa. En la agricultura, que es una de las ocupaciones más simples y necesarias, nadie se dedica a abrir surcos en la tierra como no sea pensando en la cosecha, la misma cosecha que las plagas pueden malograr, las inundaciones arrasar, o que la muerte y las calamidades pueden impedirle al labrador recoger».
Zygmunt Bauman. Sobre la educación en un mundo líquido. Conversaciones con Riccardo Mazzeo (On Education, 2012). Barcelona: Paidós, 2013; 151 pp.; col. Estado y sociedad; trad. de Dolores Payás Puignarnau; ISBN: 978-84-493-2811-4.
Samuel Johnson. «El futuro», artículo del 24 de marzo de 1750 en The Rambler, contenido en El patriota y otros ensayos (The Patriot y artículos escogidos). Madrid: El Buey Mudo, 2010; 238 pp.; trad. de Ana María Nuño y Mariano José Vázquez Alonso; selección de Carlos Segade; ISBN: 978-84-937417-7-8.
sábado, 27 de julio de 2013
Un test para un crítico
Con el comentario que sigue termino el plan de reseñar obras de Chesterton aunque lo continuaré con la noticia de varias obras sobre él.
Es sabido que había manifestado su intención de escribir un libro sobre Shakespeare y parece ser que se lo habían encargado poco antes de fallecer. Seguramente por eso, una de las selecciones de textos publicadas póstumamente por Dorothy Collins, el año 1972, fue Chesterton on Shakespeare. Los artículos de aquel libro, poco difundido y desde hace mucho imposible de conseguir en el mercado de segunda mano, están incluidos en una recopilación del año 2012 de Dale Ahlquist, que añade otros —como los citados en los comentarios a Lectura y locura o a The Spice of Life and Other Essays—, e incluye fragmentos de artículos y extractos de más obras de Chesterton, como Chaucer y Shaw, en los que hay referencias a Shakespeare.
Cada uno de los ocho capítulos está unificado por un tema pero no todos son igual de homogéneos. Los más claros son: el de los comentarios a las tragedias, sobre todo Macbeth, El Rey Lear, Hamlet, Otelo, Julio César; el que habla de las comedias, sobre todo El mercader de Venecia, Sueño de una noche de verano, Trabajos de amor perdidos; el que se pregunta si Shakespeare fue católico, algo de lo que Chesterton está convencido y, sin tantas pruebas históricas como han llegado a recogerse después, lo asegura deduciéndolo del contenido de sus obras; y el final, acerca de la polémica recurrente sobre si las obras de Shakespeare las escribió Bacon u otro, que tantas veces se formula con planteamientos que a Chesterton le provocan una hilaridad que transmite a sus lectores.
Son más cajón de sastre los demás capítulos: el primero es como un marco y explica rasgos de las obras de teatro isabelinas y de la «inglesidad» de Shakespeare; el cuarto se centra en el mundo del teatro y sus convenciones y señala con ejemplos la maestría verbal y constructiva de Shakespeare; el quinto contiene comentarios a sus obras históricas, señala cualidades como su enorme inventiva y defectos como su exuberancia un tanto descontrolada; el séptimo, breve, habla de la oposición de Shaw hacia Shakespeare, una especie de pose de la que, sin embargo, Chesterton saca petróleo. En cualquier lugar aparecen críticas a los críticos: Chesterton se distancia siempre de cualquier postura pedante y pone mucho empeño en dejar en su sitio las cosas: ni Hamlet puede ser interpretado psicoanalíticamente, ni Portia puede ser considerada una moderna y joven abogada, etc.
En uno de los artículos seleccionados se dice que el test del trabajo de un crítico al opinar sobre una obra maestra está en si nos la presenta como algo fresco o en si nos la presenta como algo rancio; en si nos empuja a leerla por primera vez o en si nos envía a ella como si fuera la centésima vez. Es decir, sigue Chesterton, «hay una clase de crítica que nos recuerda que hemos leído un libro y hay otra clase, mucho mejor, que nos convence de que nunca lo hemos leído». Esto es lo que consigue Chesterton: quien le lee tiene ganas de comprobar por qué no hay ningún drama teatral tan grande como Macbeth, ninguna obra de diseño tan perfecto como Sueño de una noche de verano, ningún personaje tan acabado como Bottom the Weaver (Lanzadera, el tejedor), ningún fanfarrón tan humilde como Falstaff.
G. K. Chesterton. The Soul of Wit. G.K. Chesterton on William Shakespeare (2012). Edited and with an Introduction by Dale Ahlquist. New York: Dover Publications, 2012; 320 pp.; ISBN: 978-0-486-48919-3.
Es sabido que había manifestado su intención de escribir un libro sobre Shakespeare y parece ser que se lo habían encargado poco antes de fallecer. Seguramente por eso, una de las selecciones de textos publicadas póstumamente por Dorothy Collins, el año 1972, fue Chesterton on Shakespeare. Los artículos de aquel libro, poco difundido y desde hace mucho imposible de conseguir en el mercado de segunda mano, están incluidos en una recopilación del año 2012 de Dale Ahlquist, que añade otros —como los citados en los comentarios a Lectura y locura o a The Spice of Life and Other Essays—, e incluye fragmentos de artículos y extractos de más obras de Chesterton, como Chaucer y Shaw, en los que hay referencias a Shakespeare.
Cada uno de los ocho capítulos está unificado por un tema pero no todos son igual de homogéneos. Los más claros son: el de los comentarios a las tragedias, sobre todo Macbeth, El Rey Lear, Hamlet, Otelo, Julio César; el que habla de las comedias, sobre todo El mercader de Venecia, Sueño de una noche de verano, Trabajos de amor perdidos; el que se pregunta si Shakespeare fue católico, algo de lo que Chesterton está convencido y, sin tantas pruebas históricas como han llegado a recogerse después, lo asegura deduciéndolo del contenido de sus obras; y el final, acerca de la polémica recurrente sobre si las obras de Shakespeare las escribió Bacon u otro, que tantas veces se formula con planteamientos que a Chesterton le provocan una hilaridad que transmite a sus lectores.
Son más cajón de sastre los demás capítulos: el primero es como un marco y explica rasgos de las obras de teatro isabelinas y de la «inglesidad» de Shakespeare; el cuarto se centra en el mundo del teatro y sus convenciones y señala con ejemplos la maestría verbal y constructiva de Shakespeare; el quinto contiene comentarios a sus obras históricas, señala cualidades como su enorme inventiva y defectos como su exuberancia un tanto descontrolada; el séptimo, breve, habla de la oposición de Shaw hacia Shakespeare, una especie de pose de la que, sin embargo, Chesterton saca petróleo. En cualquier lugar aparecen críticas a los críticos: Chesterton se distancia siempre de cualquier postura pedante y pone mucho empeño en dejar en su sitio las cosas: ni Hamlet puede ser interpretado psicoanalíticamente, ni Portia puede ser considerada una moderna y joven abogada, etc.
En uno de los artículos seleccionados se dice que el test del trabajo de un crítico al opinar sobre una obra maestra está en si nos la presenta como algo fresco o en si nos la presenta como algo rancio; en si nos empuja a leerla por primera vez o en si nos envía a ella como si fuera la centésima vez. Es decir, sigue Chesterton, «hay una clase de crítica que nos recuerda que hemos leído un libro y hay otra clase, mucho mejor, que nos convence de que nunca lo hemos leído». Esto es lo que consigue Chesterton: quien le lee tiene ganas de comprobar por qué no hay ningún drama teatral tan grande como Macbeth, ninguna obra de diseño tan perfecto como Sueño de una noche de verano, ningún personaje tan acabado como Bottom the Weaver (Lanzadera, el tejedor), ningún fanfarrón tan humilde como Falstaff.
G. K. Chesterton. The Soul of Wit. G.K. Chesterton on William Shakespeare (2012). Edited and with an Introduction by Dale Ahlquist. New York: Dover Publications, 2012; 320 pp.; ISBN: 978-0-486-48919-3.
viernes, 26 de julio de 2013
Incontables peligros
Natalia Ginzburg describe así su oficio como escritora: «Normalmente, no da mucho dinero, es más, para vivir siempre hay que hacer otro trabajo al mismo tiempo. A veces también da un poco: y tener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, como recibir dinero y regalos del ser amado. Así es mi oficio. No sé mucho, digo, sobre el valor de los resultados que me ha dado y que podrá darme, o mejor dicho, de los resultados obtenidos conozco el valor relativo, aunque no el absoluto. Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien, y siempre, lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. Sólo que no quiero pensar en nombres; he comprobado que si me pregunto “¿una pequeña escritora como quién?”, me entristece pensar en nombres de otros pequeños escritores. Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que o sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito. Lo que sí es importante, en cambio, es tener la convicción de que es justamente un oficio, una profesión, algo que se hará toda la vida. Pero, como oficio, no es broma. Existen incontables peligros (…). Estamos continuamente amenazados por graves peligros en el mismo instante de redactar nuestra página. Existe el peligro de ponerse de repente a coquetear y a cantar. Yo siempre tengo unas ganas locas de ponerme a cantar, debo contenerme mucho para no hacerlo. Y está el peligro de estafar con palabras que no existen de veras en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado a ser bastante listos. Está el peligro de pasarnos de listos y estafar. Es un oficio bastante difícil, como veis, pero es el más bonito del mundo. Los días y los asuntos de nuestra vida, los días y los asuntos de la vida de los demás a los que asistimos, lecturas e imágenes y pensamientos y conversaciones lo alimentan y crece en nuestro interior. Es un oficio que se nutre también de cosas horribles, se come lo mejor y lo peor de nuestra vida, en su sangre fluyen tanto nuestros sentimientos malos como los buenos. Se alimenta y crece en nuestro interior».
Natalia Ginzburg. «Mi oficio», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9.
Natalia Ginzburg. «Mi oficio», Las pequeñas virtudes (Le piccole virtú, 1962, 1983). Barcelona: El Acantilado, 2002; 164 pp.; trad. de Celia Filipetto; ISBN: 84-95359-66-9.
jueves, 25 de julio de 2013
Chibatos, habusones...
El subtítulo de ¡Abajo el colejio!, de Geoffrey Willans y Ronald Searle, es «Un manual de instrucciones para la vida escolar destinado a alumnos y padres». Y, en la misma portadilla de presentación, bajo la palabra Contenidos, se dice: «Información privilegiada sobre colejios, empollones, chibatos, canallas, direztores, criquet, guarros, habusones, padres, profesores, hartistas del engaño, malas llerbas en jeneral, bromitas de dormitorio y desastres diversos… En realidad… EL TINGLADO AL COMPLETO». El narrador es nigel molesworth (con minúsculas) y el colegio del que habla es San Custodio, «un sitio húmedo y cutre», un «balle de lágrimas».
Como corresponde a textos e imágenes publicadas, hace décadas, en la revista Punch, los destinatarios naturales del relato no son tanto los niños como los adultos (igual que si fueran textos publicados en España en La Codorniz en los años cincuenta y sesenta). Aunque, lógicamente, para comprender el libro, o por qué es posible un libro así, hace falta pensar en antecedentes como Tomás Brown, Vice Versa, Stalky & Cia, The Pothunters..., lo cierto es que un protagonista como nigel no es comparable con los de aquellos libros o con los de, por ejemplo, Guillermo Brown o El pequeño Nicolás: aquí no hay piedad para nadie, ya que ningún profesor ni padre se salva, ni el mismo narrador tiene afán alguno de presentar una versión mejorada de sí mismo. Son formidables los dibujos y caricaturas de Searle, y es sensacional el trabajo de traducción-adaptación al castellano. Más información, aquí.
Geoffrey Willans y Ronald Searle. ¡Abajo el colejio! (Down with skool!, 1953). Madrid: Impedimenta, 2013; 110 pp.; trad. de Jon Bilbao; ISBN: 978-84-15578-35-2.
Como corresponde a textos e imágenes publicadas, hace décadas, en la revista Punch, los destinatarios naturales del relato no son tanto los niños como los adultos (igual que si fueran textos publicados en España en La Codorniz en los años cincuenta y sesenta). Aunque, lógicamente, para comprender el libro, o por qué es posible un libro así, hace falta pensar en antecedentes como Tomás Brown, Vice Versa, Stalky & Cia, The Pothunters..., lo cierto es que un protagonista como nigel no es comparable con los de aquellos libros o con los de, por ejemplo, Guillermo Brown o El pequeño Nicolás: aquí no hay piedad para nadie, ya que ningún profesor ni padre se salva, ni el mismo narrador tiene afán alguno de presentar una versión mejorada de sí mismo. Son formidables los dibujos y caricaturas de Searle, y es sensacional el trabajo de traducción-adaptación al castellano. Más información, aquí.
Geoffrey Willans y Ronald Searle. ¡Abajo el colejio! (Down with skool!, 1953). Madrid: Impedimenta, 2013; 110 pp.; trad. de Jon Bilbao; ISBN: 978-84-15578-35-2.
miércoles, 24 de julio de 2013
Un pastor de ovejas
Un libro en inglés, de ambiente hispano, que fue importante hace años y que tiene como protagonista a un simpático pastor de ovejas de doce años: ...And Now Miguel, de Joseph Krumgold.
martes, 23 de julio de 2013
De las notas al diccionario (3)
Pongo en el diccionario la voz de Sonja Bougaeva y los libros suyos que había citado en las notas.
lunes, 22 de julio de 2013
Un olvidadizo gato inolvidable
Con motivo de su 90 cumpleaños la prensa inglesa ha hablado mucho últimamente de Judith Kerr, como en este artículo. Por eso he añadido en la página uno de sus álbumes más populares Mog: the forgetful cat (1970), un olvidadizo personaje inolvidable.
domingo, 21 de julio de 2013
Ciencia destructiva
Tiempo atrás puse una nota titulada El gólem. La misma historia contada de otra manera:
Jorge Bergoglio: «Cuando el hombre se ensoberbece, crea un monstruo que se le va de las manos. Es importante para la ciencia ponerse el límite para poder decir: “Desde acá ya no creo cultura sino que es otra forma de incultura, que es destructiva”».
Abraham Skorka: «Ése es el mensaje que encierra la historia del Golem. En Praga, un rabí creó un muñeco, un autómata, para defender a los judíos de los ataques antisemitas. Le grabó la palabra “emet” en la frente, el tetragrama de Dios puso en su boca, y ordenaba al Golem que le sirviera a él. Una versión de la leyenda dice que un viernes, antes del Shabat, el muñeco se independizó y empezó a romper todo. El rabí le borró la primera letra de la frente y quedó “met”, que significa muerto, y le quitó el papelito de la boca, entonces volvió a la arcilla de la cual el rabino lo había hecho. Es el paradigma de cuando el hombre no domina lo creado por su intelecto, cuando el resultado de su creación se le escapa de las manos».
Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.
Jorge Bergoglio: «Cuando el hombre se ensoberbece, crea un monstruo que se le va de las manos. Es importante para la ciencia ponerse el límite para poder decir: “Desde acá ya no creo cultura sino que es otra forma de incultura, que es destructiva”».
Abraham Skorka: «Ése es el mensaje que encierra la historia del Golem. En Praga, un rabí creó un muñeco, un autómata, para defender a los judíos de los ataques antisemitas. Le grabó la palabra “emet” en la frente, el tetragrama de Dios puso en su boca, y ordenaba al Golem que le sirviera a él. Una versión de la leyenda dice que un viernes, antes del Shabat, el muñeco se independizó y empezó a romper todo. El rabí le borró la primera letra de la frente y quedó “met”, que significa muerto, y le quitó el papelito de la boca, entonces volvió a la arcilla de la cual el rabino lo había hecho. Es el paradigma de cuando el hombre no domina lo creado por su intelecto, cuando el resultado de su creación se le escapa de las manos».
Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.
sábado, 20 de julio de 2013
Antigua caballerosidad
Lord Kitchener (1850-1916), un militar con una larga carrera en Sudán, Sudáfrica e India, fue nombrado secretario de Estado para la Guerra cuando comenzó la primera Guerra Mundial. Era un hombre admirado y querido por la gente pero rechazado por la clase política, pues «nunca fue y nunca quiso ser ni más ni menos que un buen militar», algo que Chesterton apreciaba mucho. Falleció durante un viaje a Rusia cuando su barco se hundió al chocar con una mina alemana cerca de las islas Orcadas. Pocas semanas después, el 17 de junio de 1916, Chesterton publicó «The Death of Kitchener», un artículo en The Illustrated London News elogiando las cualidades que, como jefe militar, había demostrado en el pasado: la de ser un hombre de tratados y no de guerra, un hombre de mente abierta y un negociador fiable, un hombre que combatía con dignidad pero capaz de alcanzar acuerdos con sus enemigos. El Departamento de Información del Gobierno británico le pidió que ampliase el texto para publicar una semblanza biográfica un poco más extensa, por la que luego le mandó calurosas felicitaciones el jefe del Departamento, el escritor John Buchan.
En opinión de Chesterton, Kitchener tenía las cualidades del héroe de una obra épica, de alguien que no es poeta pero sí es la materia de los poetas; tenía las cualidades del principal actor de una gran alegoría mucho más enorme de lo que podría él mismo darse cuenta. Una de las razones era que no sólo pedía consejo a los amigos sino que también sabía dialogar y dejarse aconsejar por quienes eran sus enemigos en el combate: cada vez que había tenido que negociar personalmente con alguno el resultado nunca fue de más enfrentamiento sino de más comprensión mutua. Otro de los motivos para las alabanzas de Chesterton fue que Kitchener lamentó el horror de la forma de luchar de los ejércitos alemanes durante la primera Guerra Mundial y declaró que las barbaridades que cometieron habían dejado una mancha imborrable sobre la profesión militar. Frente a ese modo de comportarse, Kitchener saludó la noble caballerosidad de sus antiguos enemigos en Sudán, y deploró que las academias militares y las oficinas gubernamentales europeas se hubiesen dejado arrastrar por una locura tan cruel e inmunda que merecería el desdén del más loco de los derviches del desierto.
G. K. Chesterton. Lord Kitchener (1917).
En opinión de Chesterton, Kitchener tenía las cualidades del héroe de una obra épica, de alguien que no es poeta pero sí es la materia de los poetas; tenía las cualidades del principal actor de una gran alegoría mucho más enorme de lo que podría él mismo darse cuenta. Una de las razones era que no sólo pedía consejo a los amigos sino que también sabía dialogar y dejarse aconsejar por quienes eran sus enemigos en el combate: cada vez que había tenido que negociar personalmente con alguno el resultado nunca fue de más enfrentamiento sino de más comprensión mutua. Otro de los motivos para las alabanzas de Chesterton fue que Kitchener lamentó el horror de la forma de luchar de los ejércitos alemanes durante la primera Guerra Mundial y declaró que las barbaridades que cometieron habían dejado una mancha imborrable sobre la profesión militar. Frente a ese modo de comportarse, Kitchener saludó la noble caballerosidad de sus antiguos enemigos en Sudán, y deploró que las academias militares y las oficinas gubernamentales europeas se hubiesen dejado arrastrar por una locura tan cruel e inmunda que merecería el desdén del más loco de los derviches del desierto.
G. K. Chesterton. Lord Kitchener (1917).
viernes, 19 de julio de 2013
Una pieza más
Sonallah Ibrahim, un conocido escritor egipcio, recrea en A escondidas algunas escenas de su infancia en un barrio popular de El Cairo, el año 1948. Un niño de diez años sin nombre narra, en presente, la vida cotidiana con su padre, un funcionario jubilado. Cuenta incidentes de su vida familiar y vecinal, deja entrever su enorme nostalgia de su madre, e indica de modo bastante aséptico los descubrimientos de la vida que hace o intuye. Al fondo, a través de lo poco que comprende el narrador, se aprecian las tensiones políticas del momento.
Todo se cuenta con frases cortas, de forma sobria pero, a la vez, detallada, como con la intención de acentuar, a los ojos del lector, la curiosidad e ingenuidad infantil. No es una lectura memorable, pues nada digno de mención ocurre ni los personajes se ganan al lector, ya que ni hay humor ni los comportamientos amables o bondadosos se presentan de modo atractivo. En cualquier caso sí es una pieza de interés más para los que siguen la narrativa propia de los países árabes.
Sonallah Ibrahim. A escondidas (Al Talassus, 2007). Madrid: Ediciones del oriente y del mediterráneo, 2013; 235 pp.; trad. de M. Luz Comendador Pérez; ISBN: 978-84-96327-99-3.
Todo se cuenta con frases cortas, de forma sobria pero, a la vez, detallada, como con la intención de acentuar, a los ojos del lector, la curiosidad e ingenuidad infantil. No es una lectura memorable, pues nada digno de mención ocurre ni los personajes se ganan al lector, ya que ni hay humor ni los comportamientos amables o bondadosos se presentan de modo atractivo. En cualquier caso sí es una pieza de interés más para los que siguen la narrativa propia de los países árabes.
Sonallah Ibrahim. A escondidas (Al Talassus, 2007). Madrid: Ediciones del oriente y del mediterráneo, 2013; 235 pp.; trad. de M. Luz Comendador Pérez; ISBN: 978-84-96327-99-3.
jueves, 18 de julio de 2013
Chicas como chicos
Un lector ingenuo de novelas juveniles escritas en las últimas décadas y ambientadas en el pasado podría suponer que, continuamente, las chicas se disfrazaban de chicos para ir allí donde nadie las dejaba ir... Esto hay quien lo plantea mal pero hay quien lo plantea bien..., tal como una novela de hace algún tiempo ya: La Expedición del Pacífico, de Marilar Aleixandre.
miércoles, 17 de julio de 2013
Relatos un poco distintos
Dos libros infantiles, algo distintos a los habituales, del israelí David Grossman: Un niño y su papá, que son seis relatos cortos, y Duelo, sobre la amistad de un chico con dos ancianos.
martes, 16 de julio de 2013
Cuando la marea baja
Entre los álbumes humorísticos de Babette Cole de hace ya un tiempo, hubo varios que presentaban cuentos populares donde las chicas ocupaban el lugar de los chicos y los chicos el lugar de las chicas, como La princesa listilla, El príncipe ceniciento o Tarzana. Tienen gracia pero, como corresponde a este tipo de relatos que triunfan, en cuanto la marea baja ya no vuelven: de hecho, ninguno está en el mercado español ahora. (Los pongo ahora también porque no estaban aquí todavía pero los cito en Emociones en construcción).
lunes, 15 de julio de 2013
De las notas al diccionario (2)
Pongo en el diccionario la voz de Mélanie Watt y los libros suyos que había citado en las notas.
domingo, 14 de julio de 2013
La definición de Dios
Abraham Skorka: «El libro de Job nos da una gran enseñanza, porque —en síntesis— dice que no podemos entender cómo se manifiesta exactamente Dios en las acciones individuales. Job, que era un hombre de justicia, de rectitud, quiere saber por qué perdió todo, hasta su salud. Sus amigos le dicen que Dios lo castigó porque ha pecado. Él les contesta que aun si hubiera pecado, no era para tanto. Recién cuando aparece Dios, Job se queda tranquilo. No obtiene una respuesta, lo único que existe es un sentir del Señor. De este relato se pueden deducir varias cosas que marcan mi personal percepción de Dios. Primero: que los amigos de Job —que defendieron una tesis que decía “has pecado, por ende, Dios te ha castigado”, transformando a Dios en una especie de computadora que premia o castiga— incurrieron en arrogancia y necedad. Al final del relato, Dios le dice a Job —que tanto le recriminaba la injusticia que el Creador hizo con él— que interceda en oración por sus amigos, porque ellos habían hablado incorrectamente acerca de él. Quien gritó sus penas a los cuatro vientos al reclamar por la justicia celestial fue visto placenteramente por Dios. Los que sostenían un discurso esquemático acerca de la esencia de Dios fueron aborrecidos por Él. Dios, a mi entender, se revela a nosotros de un modo muy sutil. Nuestro sufrimiento en el presente podría ser una respuesta para otros en un futuro. O tal vez seamos nosotros una respuesta de algún pasado».
Jorge Bergoglio: «El libro de Job es una continua discusión sobre la definición de Dios. Hay cuatro sabios que van elaborando esa búsqueda teológica, y todo termina con una expresión de Job: “Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”. La imagen de Dios que tiene Job al final es distinta de la del principio. La intención de este relato es que la noción que tienen estos cuatro teólogos no es verdadera, porque a Dios siempre se lo está buscando y encontrando».
Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.
Jorge Bergoglio: «El libro de Job es una continua discusión sobre la definición de Dios. Hay cuatro sabios que van elaborando esa búsqueda teológica, y todo termina con una expresión de Job: “Antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos”. La imagen de Dios que tiene Job al final es distinta de la del principio. La intención de este relato es que la noción que tienen estos cuatro teólogos no es verdadera, porque a Dios siempre se lo está buscando y encontrando».
Jorge Bergoglio y Abraham Skorka. Sobre el cielo y la tierra (2010). Barcelona: Debate, 2013; 224 pp.; edición a cargo de Diego F. Rosemberg; ISBN: 978-8499923369.
sábado, 13 de julio de 2013
La otra cara de algunos argumentos
En los próximos sábados pondré varias notas para completar el plan de reseñar obras de Chesterton.
En su juventud, a Chesterton le causaron gran impresión los artículos del fundador y editor del dominical The Clarion (El Clarín), Robert Blatchford, un hombre influido por William Morris y sus ideas acerca de las sociedades preindustriales donde los trabajadores eran artistas y artesanos. Un libro de Blatchford titulado Merrie England (1893), muy vendido, tuvo mucho peso en la gran admiración de Chesterton por la Edad Media, aparte de confirmar sus simpatías primeras por las ideas socialistas. Pasado el tiempo diría que se hizo socialista porque, cuando era joven, le parecía intolerable no serlo ya que los socialistas parecían ser los únicos que criticaban las desigualdades sociales.
Años después, cuando Robert Blatchford atacó el cristianismo en su periódico y ofreció sus páginas para discutirlo, Chesterton saltó a la palestra para polemizar con él y publicó, en el mismo The Clarion, varios artículos en defensa de las ideas cristianas. Fue la primera vez que públicamente confesó sus creencias en doctrinas centrales del cristianismo y, durante los meses que duró el intercambio de golpes dialécticos, muchos empezaron a familiarizarse con la forma de argumentar tan ágil y bienhumorada de Chesterton, que, paso a paso, tomaba las tesis de su oponente, las desplegaba más, y las volvía contra él. Se puede ver fácilmente cómo su manera de argumentar era semejante a la que describía Newman en su autobiografía: «No me resistía a guiar paso a paso a un oponente, en virtud de sus propias opiniones, hasta el borde de algún absurdo intelectual, y dejarle luego solo para que se apañase como mejor pudiera».
Así, cuando Blatchford decía que muchos pueblos tenían mitos paralelos a la Encarnación, le preguntaba Chesterton si no veía la otra cara de su argumento. Es decir, si el Dios de los cristianos se había hecho hombre, ¿no correrían rumores entre todos los demás pueblos, y no habría en ellos incluso perversiones, relacionados con esa venida de Dios a los hombres? Si el centro de nuestra vida fuera un determinado acontecimiento, ¿no habría gente alejada de nosotros que tendría una versión un tanto confusa de ese acontecimiento?
O bien, al asegurar Blatchford que ningún juez inglés aceptaría las evidencias de la resurrección de Jesucristo, Chesterton le hacía notar que, posiblemente, los cristianos no tenían esa «extravagante reverencia por los jueces ingleses que Blatchford parecía tener»; y, más aún, la misma historia del cristianismo les «ha dejado una ligera duda sobre la infalibilidad de los Tribunales de Justicia» .
G. K. Chesterton. The Blatchford Controversies (1905), en The Blatchford Controversies and Other Essays on Religion, edición Kindle, amazon.com, ASIN: B003YMMI3S. Hay también edición en la red.
La cita de John Henry Newman está en Apologia por Vita Sua. Historia de mis ideas religiosas (Apologia por Vita Sua: Being a History of his Religious Opinions, 1865), Madrid: Encuentro, 1996.
En su juventud, a Chesterton le causaron gran impresión los artículos del fundador y editor del dominical The Clarion (El Clarín), Robert Blatchford, un hombre influido por William Morris y sus ideas acerca de las sociedades preindustriales donde los trabajadores eran artistas y artesanos. Un libro de Blatchford titulado Merrie England (1893), muy vendido, tuvo mucho peso en la gran admiración de Chesterton por la Edad Media, aparte de confirmar sus simpatías primeras por las ideas socialistas. Pasado el tiempo diría que se hizo socialista porque, cuando era joven, le parecía intolerable no serlo ya que los socialistas parecían ser los únicos que criticaban las desigualdades sociales.
Años después, cuando Robert Blatchford atacó el cristianismo en su periódico y ofreció sus páginas para discutirlo, Chesterton saltó a la palestra para polemizar con él y publicó, en el mismo The Clarion, varios artículos en defensa de las ideas cristianas. Fue la primera vez que públicamente confesó sus creencias en doctrinas centrales del cristianismo y, durante los meses que duró el intercambio de golpes dialécticos, muchos empezaron a familiarizarse con la forma de argumentar tan ágil y bienhumorada de Chesterton, que, paso a paso, tomaba las tesis de su oponente, las desplegaba más, y las volvía contra él. Se puede ver fácilmente cómo su manera de argumentar era semejante a la que describía Newman en su autobiografía: «No me resistía a guiar paso a paso a un oponente, en virtud de sus propias opiniones, hasta el borde de algún absurdo intelectual, y dejarle luego solo para que se apañase como mejor pudiera».
Así, cuando Blatchford decía que muchos pueblos tenían mitos paralelos a la Encarnación, le preguntaba Chesterton si no veía la otra cara de su argumento. Es decir, si el Dios de los cristianos se había hecho hombre, ¿no correrían rumores entre todos los demás pueblos, y no habría en ellos incluso perversiones, relacionados con esa venida de Dios a los hombres? Si el centro de nuestra vida fuera un determinado acontecimiento, ¿no habría gente alejada de nosotros que tendría una versión un tanto confusa de ese acontecimiento?
O bien, al asegurar Blatchford que ningún juez inglés aceptaría las evidencias de la resurrección de Jesucristo, Chesterton le hacía notar que, posiblemente, los cristianos no tenían esa «extravagante reverencia por los jueces ingleses que Blatchford parecía tener»; y, más aún, la misma historia del cristianismo les «ha dejado una ligera duda sobre la infalibilidad de los Tribunales de Justicia» .
G. K. Chesterton. The Blatchford Controversies (1905), en The Blatchford Controversies and Other Essays on Religion, edición Kindle, amazon.com, ASIN: B003YMMI3S. Hay también edición en la red.
La cita de John Henry Newman está en Apologia por Vita Sua. Historia de mis ideas religiosas (Apologia por Vita Sua: Being a History of his Religious Opinions, 1865), Madrid: Encuentro, 1996.
viernes, 12 de julio de 2013
Cobardías de padre
Hace años leí El final del cielo, de Alejandro Gándara, un buen relato cuyo protagonista reflexiona sobre sus cobardías y dejaciones como padre al encontrarse en una situación límite.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)